La Potencia del Espíritu:La Comunidad y las formas de la Verdad en el Joven Raúl Scalabrini Ortiz

Actualizado: 25 de ago de 2019

Roy Williams

Coord. Responsable

Cátedra Libre "Juan Domingo Perón"


I

El Camino del Filósofo y la Estructura del Ocultamiento

El desenvolvimiento del pensamiento argentino, a lo largo la primera mitad del siglo XX, ha mostrado en diversas ocasiones el intento por parte de distintos autores de poder dar forma a lo que podría denominarse como una concepción nacional-popular de la existencia. Hombres como Manuel Ugarte, Leopoldo Marechal, Manuel Ortiz Pereyra, Arturo Jauretche, Carlos Astrada, entre otros, han buscado llevar a la luz los fundamentos de una interpretación de lo nacional, entendiéndolo como una experiencia comunitaria que a lo largo de su devenir histórico se comprende a si misma, en términos de una unidad de destino. Desde esta perspectiva las mayorías populares serán vistas como las figuras esenciales sobre las cuales se sustentan, a lo largo de sus distintos despliegues, los trazos esenciales del ser comunitario. Paralelamente, se ha hecho hincapié en una visión del Pueblo como una entidad que toma su rumbo en el campo de la historicidad y que se manifiesta como permanencia de un sentimiento diseminado en los signos del tiempo.

Asimismo, este sentir colectivo corporizado en el Pueblo, no será expresado como un mero nacionalismo aislado, balcanizado, sino que en realidad se proyectará apostando a la integración de las naciones americanas, es decir, a lo que Manuel Ugarte denominaba La Patria Grande. Así, es posible sostener, que lo nacional advendrá para estos pensadores bajo una perspectiva que articula las determinaciones de la existencia comunitaria junto con la convicción en la posibilidad destinal de un horizonte americanista. La estructuración de lo popular se desenvuelve en los marcos de los estados nacionales y éstos, a su vez, se desenvuelven dinámicamente dentro de un cosmos esencialmente latinoamericano es decir de una concepción de la existencia que se vincula profundamente con las formas del mestizaje.


Dentro de esta línea exegética, la obra de Raúl Scalabrini Ortiz resulta una referencia ineludible y constituye un punto de partida esencial, dentro de esta senda del pensamiento. Obras como Política Británica en el Río de la Plata, El Hombre que está sólo y espera. Historia de los Ferrocarriles Argentinos o Bases para la Reconstrucción Nacional, así como también su celebre pasaje de interpretación de las jornadas del 17 de Octubre de 1945 representan acontecimientos esenciales en las formas de exégesis comunitarias de la nacionalidad. Fundamentalmente, creemos que en sus escritos se opera uno de los intentos más significativos, por llevar adelante y constituir una reflexión acerca de las formas de verdad y de cómo estas se manifiestan tanto en el marco del pensar semi-colonial como así también, y más especialmente, en la vertiente existenciaria nacional-popular.


Raúl Scalabrini Ortiz nació el 14 de febrero de 1898 en Corrientes, aunque tempranamente su familia emigró y se estableció en la ciudad de Buenos Aires. Hijo del paleontólogo Pedro Scalabrini, -colaborador a su vez de Florentino Ameghino-, la adolescencia de Raúl se encontró marcada por el predominio de las corrientes de pensamiento Liberal-Conservadoras que jugaban un rol hegemónico dentro de la superestructura cultural de la época. Frente a aquellos estrechos y asfixiantes marcos que ofrecía el pensamiento liberal, la juventud porteña de Raúl transcurrió y se desenvolvió, en cierta forma, en un terreno en que se esbozo cierto rechazo a dichas interpretaciones de la realidad nacional. Ello lo podemos evidenciar, hacia 1919 en su militancia dentro de grupúsculo de origen marxista llamado “Insurrexit”, que, tal como señala Norberto Galasso[1], representó un reconocimiento y una valorización de los factores sociales y económicos como elementos esenciales en el desarrollo histórico de cualquier nación.


Sin embargo, en líneas generales, podemos afirmar que el pensamiento del joven Scalabrini Ortiz, se encuentra asediado y penetrado -en aquellos años de comienzos de la década del 20- por las manifestaciones esenciales de la superestructura cultural de la época. Sus lecturas muestran una cierta inclinación literaria cosmopolita, donde se traslucen las aproximaciones a Dostoievski, Tolstoi, Nikolai Gogol, Edgar Alan Poe, Oscar Wilde, Maupassant, entre otros y en la cual parece no haber un lugar significativo para una reflexión sobre la existencia americana.[2] De hecho, si recordamos, su participación en el Grupo Florida, la amistad con figuras como Jorge Luis Borges y Eduardo Mallea o las amistades familiares con los Gainza Paz, Uriburu, Saenz Valiente, entre otros, podemos comprender claramente en que medida la producción intelectual de Scalabrini Ortiz se encontraba, en sus comienzos, condicionada, por un cúmulo de experiencias que lo alejaban del pensar popular y lo aferraban, por lo menos momentáneamente, al entramado cultural oligárquico.


Es así que en 1923 publica su primer libro “La Manga”. En él se compilan una serie de cuentos en los que se manifiesta el sentir de un Scalabrini Ortiz afincado en una concepción por momentos estetizante y por momentos pesimista, pero que siempre se refleja ajeno a cualquier pensar popular o vertebrado a una perspectiva comunitaria. Así nos dirá, refiriéndose a Nicolás Brodel uno de los personajes de La Manga: La lectura de estas páginas requiere cierto recogimiento y favorable disposición de ánimo. Son sinceras, y quizá por ello algo monótonas. La vida real no presenta nunca grandes variaciones. Como él mismo lo dice. Su vida fue sencilla y triste, tan sencilla y triste como la de todos nosotros.[3] Este pasaje es representativo de la idea general del libro. Una especie de somnolencia existencial que asiste como testigo a hechos intrascendentes de la vida cotidiana, acompañados de una pluma exquisita al servicio de personajes sin ningún tipo de profundidad espiritual. Cierta vacuidad emotiva preside las líneas de este texto juvenil dejando entrever una vocación contemplativa, un deseo de relatar los sucesos de una realidad que se manifiesta en sus aristas más descarnadamente pueriles. En sus páginas percibimos como se desenvuelve un recorrido monótono por sendas superficiales del pensar, esquivando cualquier compromiso esencial con la estructuración de la realidad de su tiempo: Mi imaginación divaga libremente, pero mis oídos oyen sin querer los ruidos varios que surgen de las calles y las casas. De pronto, callan todos al unísono, y cuando recomienzan voy escuchándolos, atento. Cerca, canta un fonógrafo una canción popular, y su voz pastosa, en la suavidad apagada de la distancia, es una incitación al abandono. Un cohete rasga el Aire, y al explotar esparce multitud de estrellas, que simulando mundos, viajan un instante en el cielo oscuro. Otros estallidos se escuchan y numerosos cohetes se perciben entre los trozos recortados del cielo. La ciudad se divierte.[4]


A pesar de esta superficialidad, y tal vez, en cierta medida gracias a ella, Scalabrini Ortiz es una figura celebrada por los medios de prensa de la época, un escritor aceptado por sus pares y un intelectual que se proyecta firmemente dentro del esquema de ideas dominantes del periodo. Decididamente, su porvenir parecía condenado al éxito aristocratizante que acompañaba a algunos pensadores del momento. Podemos decir, que en su diletantismo tenía todo para convertirse en un intelectual funcional a los intereses de los sectores dirigentes del país agropecuario.


Precisamente, la vida del joven Scalabrini Ortiz se desenvuelve en una especie de sentimiento de soledad, que por momentos se confunde con la impresión de un vacío insondable que amenaza con penetrar profundamente en los intersticios de su alma. Es una sensación de incompletud, una intuición que le sugiere que su vida no se encuentra dirigida hacia una meta esencial, que los senderos elegidos hasta aquel momento carecen de valor y, en última instancia, son relatos de un transcurrir inauténtico que tan sólo pueden resolverse en el campo de una melancolía sin igual: Había en mi algo de vida incompleta, de involuntaria restricción y el que cercena una parte de su ser más profundo pierde su equilibrio y lo que hubiera sido unidad poderosa se desgaja en violencias, en alternativas o en la concentrada ebullición del desencanto.[5]


Por aquellos años su vida se dirime entre su recién adquirido título de agrimensor, su afición permanente a la literatura y la práctica asidua de deportes, de los que destaca el boxeo. Mas como agrimensor, como literato o como boxeador, no logra encontrar unicidad en su existencia, ni tampoco un sentido trascendente al discurrir de las horas y de los días. El desinterés sobre los hechos cotidianos y una apatía casi permanente asedian la existencia de Raúl en aquellas tardes interminables que se le ofrecen bajo el suelo porteño. Este estado de ánimo lo testimonia claramente Norberto Galasso: Su interés no se consolida aún en nada permanente y esta versatilidad es la mejor prueba de la desorientación que lo domina.[6]


Podemos decir que su existencia, hasta aquellos años, se encuentra en un estado de extrañamiento. Es decir, su existir parece querer encontrar una señal que lo ponga en contacto con una experiencia más originaria del convivir en la Patria. En el fondo de su corazón se encuentra de manera latente la impresión de que algo trascendente está oculto detrás de las formas institucionales de la oligarquía. Nuestro autor empieza a pensar que lo que se ofrece como cultura, lo que es puesto por los profesores, las autoridades oficiales o los medios de prensa como lo legítimo a vivir, como la obligatoria cotidianidad del mero transcurrir; es tan sólo un páramo olvidado de la argentina oligárquica.


Este sentimiento de desazón, esta percepción de un profundo desasosiego comienza a emerger con mayor fuerza, aunque de manera fragmentaria, en sus viajes por el Interior del país. Siguiendo a Galasso debemos recordar que Scalabrini Ortiz habiéndose ya recibido de agrimensor recorrerá distintos y alejados lugares de la Patria donde podrá comprender las desigualdades a que se veían sujetos los pobladores del interior, víctimas, en algunos casos, de formas semi-esclavas de explotación. Sus viajes por La Pampa, Catamarca y Entre Ríos lo ponen en “contacto” con el país real, con esa imagen de la patria tan difícil de ver desde Buenos Aires. En una incursión a la provincia de Entre Ríos encargado de hacer una mensura en un campo, Scalabrini Ortiz siente estas diferencias, que amenazan el existir del poblador del interior, tal cual lo recuerda Galasso: Me pregunto como serían mis amigos y yo mismo si hubiéramos vivido en el campo, sufriendo sus inclemencias, sobrellevando sus zozobras, alejados los unos de los otros, aislados frente a los infinitos sin determinación. ¿Cómo seriamos si hubiéramos vivido frente a días sin nombres, sin número y sin más constancias de su paso que el crecimiento de los animales o plantas, frente al tiempo indiviso y al espacio sin variantes que su propia monotonía? ¿Qué diferencias y semejanzas tendríamos con uno de estos peones, nosotros, ciudadanos poco resistentes a la fatiga corporal y a la desventura? ¿Qué dirían los que protestan porque la sopa está tibia o plañen por una pequeña malandanza de amores si todas sus comidas dependieran de incalculables azares y en todo el perímetro de su actividad emotiva no figurara ninguna fisonomía de mujer?[7]


Los sectores populares del interior son apreciados desde una nueva perspectiva, comprendidos en las formas mismas en que se desenvuelven sus condiciones existenciarias. Poco a poco empiezan a ser sentidos como eslabones de una continuidad temporal que revela su rol protagónico dentro de la esencialidad del devenir nacional. Más tarde, nos hablará de sus andanzas por Córdoba, La Rioja, Catamarca y Tucumán. En aquellas aventuras Scalabrini no sólo se encontrará con magníficos paisajes, con bellos cerros e insondables valles, con altas temperaturas, una aridez feroz y un viento que jamás parecía arreciar, sino que también conocerá a la población que habitaba esas regiones. Podrá estar en contacto con quienes vivían allí y quienes, a partir su laboriosidad y su cultura proyectaban a esas provincias en el campo de la historicidad nacional. Son éstos, encuentros en los que Scalabrini logra amalgamarse con los pobladores provincianos, con su Tierra y con su Historia, los cuales aparecerán como momentos capaces de permitirle ir forjando las premisas de una nueva exégesis ontológica en torno a la esencialidad del fenómeno popular.


Esta intuición del Pueblo, de las mayorías autóctonas como sujetos portadores de universalidad, se hace más fuerte hacía 1924 cuando viajará a París donde se sorprenderá negativamente por las actitudes xenófobas y de desprecio hacia los latinoamericanos que verá en Francia. La devoción libresca y el respeto exagerado por esa Francia tantas veces embelezada por la Oligarquía se derrumbaba en la mirada desencantada de Scalabrini: Yo llevaba una estima reverente. Conjeturaba que los europeos eran con relación a sus obras lo mismo que nosotros en relación a las nuestras: infinitamente superiores a sus realizaciones. Me equivoqué. Di con técnicos. Técnicos del saborear. Técnicos de la escritura. Técnicos del querer...Cada hombre está íntegramente en su órbita. El labriego es el mejor labriego, y el historiador el mejor historiador, nada más. Pero no sentí en ellos esa congestión de posibilidades, ese atrancamiento de pasiones, esa desorientación de solicitudes, ese afán de determinar inhallables que había sentido palpitar en la entraña joven de mi tierra...[8]


Dicho gesto de crítica a Francia, en realidad, no puede ser comprendido en toda su dimensión si no se le entiende como una crítica más profunda al “afrancesamiento” que impregnaba a los grupos dirigentes argentinos y que se presentaba como una especie de falsa oposición entre una “cultura verdadera”, europeizada, enfrentada a una supuesta “cultura bastarda” perteneciente a sectores subalternos nativos. Así, como podemos observar, la reversión de nuestro autor, parecería ir mostrándose como un relato de la búsqueda de autenticidad dentro de los marcos de la existencia comunitaria concreta de nuestro Pueblo, en detrimento del imaginario construido en torno a la cultura francesa: En Europa se produjo el mágico trueque de escalafones. Fue un inusitado cambio de niveles... Comprendí que nosotros éramos más fértiles y posibles, porque estábamos más cerca de lo elemental. La revisión fue brusca y profunda. Hasta la historia de los hombres de mi tierra se abrió ante mí como si sus hechos fueran las radículas procuradoras de la savia del futuro... Desde entonces mi fe es la de que los hombres de esta tierra poseen el secreto de una fermentación nueva del espíritu.[9]


La estructuración de este rechazo a Francia, comprendida como una nación en la que se proyecta una forma inauténtica de civilización, es decir, una propuesta de falsa universalidad que resultaría nociva y asfixiante para las formas creativas de nuestro Pueblo, encuentra puntos de reflexión bastante cercanos, con los de otro escritor a quien Scalabrini admiraba y había leído asiduamente a lo largo de su juventud, como lo era Dostoievski: Yo tenía 19 años. Después de atosigarme de literatura francesa atravesaba el deslumbramiento de Dostoievsky, de Andreiev, de Gorki, de Gogol, de Tolstoi. Me asombraba el inmenso cariño que esos autores manifestaban por su pueblo y sorda, subconscientemente, adquiría la convicción de que esa fidelidad que los artistas rusos demostraban a su pueblo alguna vez debía rendir frutos óptimos.[10]


Precisamente, como se sabe, en gran parte de la obra de Dostoievski se asiste a una clara y profunda crítica a los sectores pertenecientes a la aristocracia rusa quienes tomaban como modelo cultural-civilizatorio las producciones literarias, artísticas y políticas provenientes de Europa Occidental, en especial, de Francia. Permanentemente, se suceden los reproches por parte de Dostoeivski, al extrañamiento de las clases dirigentes que pretendían erigir las formas de la cultura francesa, alemana o inglesa, como un paradigma de verdad aristocratizante.


Frente a ellos Dostoievski apelaba al Alma del Pueblo ruso; dirigía su reflexión al corazón de los humildes buscando en ellos un reflejo de inocencia que pudiese iluminar el camino de su advenir como Nación. Para la literatura dostoievskiana, las figuras de la existencia comunitaria se constituyen a partir de la luz que aportan los personajes marginales de la sociedad. Los campesinos, los pobladores pobres de las grandes ciudades, los criminales que han caído en desgracia por obra del destino, o las prostitutas quienes en una desventura similar reflejan el devenir de un corazón noble. Hay en Dostoievski la firme convicción de que… hasta el hombre más caído y humilde sigue siendo un hombre y merece el nombre de hermano nuestro.[11] Su obra se concibe internamente como un relato de la crisis de la experiencia de la modernidad que aqueja al hombre ruso y que lo amenaza con perder las formas más genuinas de su existencia colectiva. Dostoievski buscará en la religión -a partir de la experiencia de la iglesia ortodoxa rusa-, un reencuentro con Dios capaz de guiar al Pueblo ruso en su destino histórico. Será ese Dios ruso el que sintetice las aspiraciones de la comunidad eslava y la proyecte en un nuevo horizonte de trascendencias frente a las fuerzas de la modernidad que se desplegaban en Europa por ese entonces. Así, el Pueblo será reincorporado en el camino de una trascendencia superior por medio de una reconciliación con Dios en el torbellino de fuerzas que se abaten el destino de Rusia por aquella época.


Aquel protagonismo del Pueblo en la literatura dostoeivskiana frente a los intentos extranjerizantes de las élites quedará impreso en el pensamiento de Scalabrini Ortiz quien lo recordará de esta manera: Todos sabíamos que el pueblo ruso se debatía bajo la férula de una clase dirigente egoísta y rapaz, que contra la voluntad popular se imponía con el apoyo del capitalismo extranjero, francés en su mayor parte.[12]


En la interpretación de Scalabrini Ortiz, el Pueblo, comienza a ser comprendido como la expresión que representa plenamente la nacionalidad y que al mismo tiempo otorga sentido al desenvolvimiento de la Historia. De esta forma, nuestro autor comenzará a presentir que frente a esa europeización asfixiante, a aquel cosmopolitismo excesivo, y por momentos insolente que se respiraba en los designios de la cultura oficial, se desplegaban subterráneamente figuras existencial-populares que poseían sus propias estructuraciones culturales y que, en su ligadura esencial, abrazaban un destino compartido. Sin embargo, podremos observar -a diferencia de lo que ocurre con Dostoievski- que ese retorno al Pueblo como fuente de autenticidad, no se expresará en un sentido esencialmente religioso, sino que se presentará más puntualmente como una comprensión existenciaria de lo popular.


En estas experiencias, tanto en su introspección existencial con las poblaciones del interior, como también en su rechazo a las formas culturales francesas, creemos ver en Scalabrini Ortiz una apertura esencial al fenómeno popular. Cuando todo indicaba que podía ser incorporado como un miembro más del entramado cultural oligárquico de la época, cuando este designio parecía una carta inexorable de su destino, en Scalabrini Ortiz parecería comenzar a operarse subrepticiamente una reversión esencial de su pensar hacia formas nuevas de interpretación de la realidad. En este sentido, estamos en la convicción -y esto es lo que resulta fundamental para nuestra búsqueda-, que lo que se va a ir dando en nuestro autor es un giro paulatino en la determinación de la esencia de la verdad; la cual se irá desenvolviendo desde una matriz oligárquica hacia una matriz de carácter ontológico-comunitaria. Tal metamorfosis, como intentaremos ver, toma su sentido y su fisonomía propia, en la medida en que nuestro escritor adviene hacia lo que podríamos denominar como una comprensión nacional-popular de la existencia[13].

Ahora bien, esta reversión sólo es explicable -como hemos intentando establecer- en la medida en que existenciariamente emergen elementos de la personalidad de Scalabrini Ortiz, que hasta aquel momento se encontraban sin forma o en mero estado de presentimiento. Éstos comienzan a fortalecerse a partir de un proceso de autoconciencia en el cual, el mismo Scalabrini va ir reconociendo a los sectores populares como actores esenciales en la construcción de Historicidad; como protagonistas centrales en la conformación de los destinos nacionales en el campo de la temporalidad. Veamos el caso de su escrito, de 1931, El Hombre que está sólo y espera, ejemplo esencial de esta transfiguración.


II

Existencia, Comunidad y Mestizaje

Si dirigimos nuestra reflexión a su libro El Hombre que está Solo y Espera se nos mostrará más claramente la forma en que Scalabrini siente este advenir de lo cultural-comunitario como expresión de un sentimiento popular soterrado. Aunque debemos admitir que en este ensayo dichas ideas se encuentran recién en germen, es necesario reconocer que a lo largo de sus páginas se preanuncia como irá desenvolviéndose la metamorfosis esencial del pensar scalabriniano.


En este sentido, estamos en la convicción de que en este escrito lo cultural comienza a abrirse paso lentamente hacia una interpretación ontológica popular y que será desde esta senda donde se jugará su destino frente a las expresiones inauténticas de la superestructura tradicional. Sus ideas, con diferentes intensidades y tonalidades, auguran el advenimiento de una nueva forma de exégesis de la argentinidad, dejando sentados, al mismo tiempo, los fundamentos de una comprensión existenciaria de la comunidad.

Como punto de partida debemos considerar que la propuesta de Scalabrini Ortiz se estructura en torno a un análisis existenciario del poblador de Buenos Aires, en el que se busca rescatar sus rasgos esenciales y cómo éstos se desenvuelven en su estar-en-el-mundo. A lo largo de su exposición nuestro autor hace una alusión central a la figura del porteño, simbolizado en el “Hombre de Corrientes y Esmeralda”, otorgándole una centralidad esencial dentro de la estructura proposicional de la obra.


Sin embargo, no tenemos que perder de vista que tal expresión no es ajena ni antitética del ser popular federal, sino que en realidad, para el autor, aquel se muestra como una comunión del arquetipo existencial argentino. Lo porteño, lo que transcurre en Buenos Aires, no puede ser separado de un conjunto estructural originario que se expande como un magma y que expresa su esencialidad tanto en el indómito paisaje de la Patagonia, como en las provincias de Corrientes o San Juan; en Salta y en Jujuy y en su hermandad con los pueblos boliviano y peruano, como así también en el litoral argentino y su abrazo permanente al Paraguay y al Brasil.


La singularidad de esta perspectiva parecería ubicarse en el hecho de que si bien la participación en el elan nacional se da en todos estos puntos, parecería encontrar su forma de manifestación más emblemática en el hombre porteño que está solo y espera: El Hombre de Corrientes y Esmeralda está en el centro de la cuenca hidrográfica, comercial, sentimental y espiritual que se llama República Argentina. Todo afluye a él y todo emana de él.[14] Tal lectura, que se encuentra influenciada por los escritos de Emilio Daireaux, aunque parece acentuar, por momentos, en demasía el rol sincrético de Buenos Aires, debe ser comprendida, en un sentido más amplio, como punto de partida de una concepción comunitaria de la existencia nacional. De la misma manera como lo haría Leopoldo Marechal con Adán Buenosayres, Ezequiel Martínez Estrada en la Cabeza de Goliat o, en menor medida Arturo Cancela con Tres Relatos Porteños, -por citar sólo algunos casos- Scalabrini Ortiz busca constituir, hacia principios de la década del 30, algunos de los trazos de la argentinidad a partir de una exégesis del tipo histórico representado por el poblador de Buenos Aires. Precisamente, será Marechal en una obra posterior quien nos presentará este camino interpretativo que otorga una centralidad histórico existencial a la ciudad puerto en los destinos de la Patria: Si es verdad que las aceleraciones del siglo parecen contraer ahora el Tiempo histórico del hombre, no hay razón alguna para instalar a Buenos Aires en los museos polvorientos de la arqueología. Según opinaba Megafón, “nuestra ciudad ha de ser una novia del futuro, si guarda fidelidad a su misión justificante de universalizar las esencias físicas y metafísicas de nuestro hermoso y trajinado país”.[15]


Para Scalabrini Ortiz el Hombre de Corrientes y Esmeralda, es un ser intuitivo, un tipo existenciario en el que se conjugan distintas razas y que en esa misma mixtura se anulan y sedimentan mutuamente. Las figuras del tiempo asisten a su metamorfosis y, de esta manera, ellas comparecen en el devenir de la nación: El Hombre de Corrientes y Esmeralda es el vórtice en que el torbellino de la argentinidad se precipita en su más sojuzgador frenesí espiritual.[16] La herencia europea que nutre el origen del Hombre de Corrientes y Esmeralda se diluye de manera casi instantánea en el suelo argentino. Lo que acaece en Europa con ser cercano por sus raíces, es existenciariamente lo más lejano para el porteño, ya que éste, en última instancia, no es hijo de Europa, sino que tan sólo se reconoce como brote de su propia tierra. Así, el hijo no es tal: ...el hijo porteño de padre europeo no es un descendiente de su progenitor, sino en la fisiología que le supone engendrado por él. No es hijo de su padre, es hijo del país.[17]


Dentro de esta línea interpretativa Scalabrini Ortiz nos recuerda que todo lo que se mantiene de europeo en nuestras instituciones, en nuestra cultura, se manifiesta como una estructura ontológicamente ajena. Lo europeo toma su lugar como un ornamento que vino con los inmigrantes pero que al pisar suelo americano se desvaneció en su esencialidad quedando condenado al terreno de las apariencias.


En cierta forma, lo que se percibe en la posición de Scalabrini es la convicción de que se está asistiendo a un agotamiento de las expresiones culturales europeas. Se presiente un declinar, una decadencia que se traduce en una especie de abulia al momento de pasar a suelo americano: De tanto rodar, el europeo es ya un pedruzco sin aristas, un canto rodado del tiempo y de las corrientes culturales.[18] Por momentos, intuye que las creaciones del viejo continente, al ser adoptadas acríticamente por la elite dirigente, no poseen la vitalidad suficiente como para arraigar en nuestra realidad y tornarse esenciales.


Nuestro autor avanza hacia una concepción en la cual las perspectivas heredadas de Europa, comienzan ser vistas como etapas de un paradigma civilizatorio que va perdiendo su impulso general en el campo de la historicidad mundial y que al ser transplantadas a nuestra tierra muestran la ausencia de eficacia histórica. En este sentido, la herencia del viejo continente, si bien pervive en el porteño, tan sólo lo hace como algo formal: ... es que el testimonio de lo porteño circula en una sistematicidad formalmente europea, mantenida casi intacta en el trasplante. Lo que ha variado es la sustancia. El que mire fisonomías o hábitos creerá estar en Europa, no el que fije pulsos o inspiraciones.[19] Asediado por su caída y el extrañamiento de su estar-en-el-mundo siente la pérdida del valor operativo de las categorías culturales europeas.


De acuerdo con esta lectura, podemos decir que, el arquetipo existencial nacional, se encuentra en estado de arrojado a la existencia, se halla sin más en la profunda soledad del mundo. La forma en que se desenvuelve su vida es la de un hombre que existenciariamente junto con el resto de los hombres se experimenta a sí mismo en un sentimiento de abandono. El Hombre de Esmeralda y Corrientes se mueve a lo largo de un páramo sin recuerdos, en una impiadosa tempestad personal que no lo deja concebirse auténticamente. La soledad es su compañera y su poema, y es en ella donde se revela el acaecer de su destino.


Creemos, que a partir de esta exégesis Raúl Scalabrini Ortiz abre paso a una comprensión de la existencia que no se encuentra sustancialmente alejada de la desarrollada por Martin Heidegger hacia la segunda mitad de la década del veinte. Esencialmente, nos interesa poner en juego la exégesis existenciaria que es vista por Heidegger por aquellos años como una forma de acceso a niveles de comprensión del ser.


En este sentido, pensamos que acercar las reflexiones heideggerianas a nuestro itinerario por la obra de Scalabrini Ortiz, nos pone en condiciones de reestructurar nuestra interpretación revitalizando sendas inexploradas de las figuras conceptuales scalabrinianas. Así, nos vemos en la posibilidad de pensar en la constelación de un nuevo horizonte de comprensión, pudiendo desde allí reencontrarnos en un mismo camino con lo más preciado de nuestro propio destino.


De acuerdo a la Analítica Existenciaria propuesta por Heidegger el Dasein, es decir el ser-ahí, que en todo caso somos nosotros mismos, es un existente que se halla caído en el mundo. El Dasein es el ente que se despliega en su factidad y que, por lo tanto, en la experimentación de ese derrumbe puede quedar preso de formas inauténticas de existencia: El Dasein en cuanto cadente ha desertado ya de sí mismo, entendido como fáctico estar-en-el mundo, ha caído no en algo entitativo con lo que pudiera llegar o no quizás a tropezar en el transcurso de su ser, sino que ha caído en el mundo, en ese mismo mundo que forma parte de su ser[20].


Precisamente, para Scalabrini el porteño está perdido en la medianía de la argentina oligárquica, en medio de las figuras inauténticas de la cultura heredadas de Europa; allí es donde habita y se muestra en toda su orfandad existenciaria frente a las habladurías y ambigüedades que ofrecen los paradigmas del saber ajenos a nuestras condiciones existenciales. Podemos aventurar que la superestructura cultural dominante, sostenida por la oligarquía liberal emerge como la estructura de la caída, y sobre ese trasfondo es asumida en los términos de una alienación: Esta alienación, que le cierra al Dasein su propiedad y posibilidad…lo fuerza a la impropiedad, es decir, a un posible modo de ser de sí mismo. La alienación tentadora y tranquilizante de la caída lleva, en su propia movilidad, a que el Dasein se enrede en sí mismo.[21] Él hombre de Esmeralda y Corrientes es un existente que afronta las condiciones mismas de su facticidad en la medida en que cada paso que da en la argentina semi-colonial parecería ser el preludio de un mundo que se derrumba en sus fundamentos culturales.


Sin embargo, es esta misma situación de orfandad, este momento de extrañamiento el que le permite comprender la posibilidad de un nuevo horizonte existenciario para la Argentina. Desde tal estado de arrojado a esta tierra es donde se pueden forjar sus posibilidades más genuinas. Si bien ha caído en el mundo, si bien se halla abandonado, el tipo existenciario puede recuperarse y advenir hacía formas genuinas de vida, hacía una existencia sentida en términos de autenticidad. En el caso del Hombre que está sólo y Espera, su estado de caído lo pone en condiciones tanto de vivir inauténticamente como también de constituirse auténticamente, es decir, de poder- ser- propiamente. Como indica Heidegger el problema de la existencia se resuelve en la formas de apropiación que hagamos de ella: El Dasein se comprende siempre a sí mismo desde su existencia, desde una posibilidad de sí mismo: de ser sí mismo o de no serlo. El Dasein, o bien ha escogido por sí mismo estas posibilidades, o bien ha ido a parar en ellas, o bien ha crecido en ellas desde siempre. La existencia es decidida en cada caso tan sólo por el Dasein mismo, sea tomándola en entre manos, sea dejándola perderse. La cuestión de la existencia ha de ser resuelta siempre tan sólo por medio del existir mismo.[22]


Raúl Scalabrini Ortiz, observa que el porteño al comprender la inautenticidad del paradigma oligárquico, se muestra en condiciones de acceder al terreno de un destino diferencial. Nuestro autor percibe que el abandono al que se encuentra sujeto es al mismo tiempo un “estado de abierto” que permite regenerar la cultura y ponerse en la senda de una existencia comprendida en términos de autenticidad. Al ser quien debe prologarlo todo el hombre que está sólo y espera es origen, es proyección del élan originario nacional en el campo de la temporalidad: El porteño es inmune a todo lo que ha nacido en él. Es el hijo primero de nadie que tiene que prologarlo todo.[23]

Partiendo de este horizonte de comprensión el Dasein argentino adviene como la posibilidad de un nuevo comienzo de la nacionalidad, en torno a un sentido esencialmente distinto al que le había impreso la oligarquía. En el cosmos de un mundo caído, el Hombre de Esmeralda y Corrientes queda enfrentado al ente nacional y en esa aventura se juega el destino de un proyecto cultural histórico renovado. Así Scalabrini Ortiz nos dice: Era necesaria una virginidad a toda costa. Era preciso mirar como si todo lo anterior a lo nuestro hubiera sido extirpado. La única probabilidad de inferir lo venidero yacía, bajo espesas capas de tradición, en el fondo de la más desesperante ingenuidad.[24] En esta batalla por el destino, en este campo tensional de composición de un paradigma popular se impone la lucha y la decisión por lo que es culturalmente sentido en el plano de la autenticidad: Estas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas, sino de crear las propias. Horas de grandes yerros y de grandes aciertos, en que hay que jugarse por entero a cada momento. Son horas de biblias y no de orfebrerías. [25]


Tal dirigirse hacia formas de existencia auténticas será percibido como una comunión con lo que él denomina el Espíritu de la Tierra. Precisamente, es aquí, en este concepto donde creemos se juega gran parte de la metamorfosis del pensar de Scalabrini Ortiz en esta especie de camino de damasco que queremos recorrer. De hecho, si verdaderamente queremos ubicar el lugar de nuestro autor en el sendero del pensar nacional-popular resulta esencial comprender el sentido de esta propuesta y de cómo ella se sustenta en la presencia de lo telúrico y su despliegue en el campo de la temporalidad. Será este Espíritu, el contacto profundo con la tierra, la compenetración con las figuras del paisaje las que harán que el Hombre de Esmeralda y Corrientes pueda experimentar ese estado de arrojado a la facticidad en comunicación con las formas populares del pasado argentino.

La Pampa asedia la ciudad, mas ese asedio no es otro que el de la misma historia que golpea las puertas de la ciudad en busca de una reconciliación singular: La pampa abate al hombre. La pampa no promete nada a la fantasía; no entrega nada a la imaginación. El espíritu patina sobre su lisura y vuela. Arriba está la fatídica ideal del tiempo…pero poco a poco, la tierra se fue recobrando: aplacó los bullicios extemporáneos; apaciguó las exuberancias del bienestar corporal. Volvió a imponer su despotismo de silencio y de quietud, volvió a quedar en suspenso y cómo en éxtasis. Manejando la tierra, el hombre fue allanado por la tierra.[26]


Al hablarnos de la tierra, esta interpretación no queda presa de un telurismo abstracto sino que nuestro autor entiende por este concepto, el estar-en-el-mundo en que el poblador nativo y luego el inmigrante han desenvuelto su existencia. La tierra es el plano donde el hombre argentino se ha desempeñado buscando las formas originarias de su nacionalidad: Existencia, Tierra e Historia se funden en una amalgama que es el soporte del porvenir de lo argentino. Así, lo actual se comunica por medio de la tierra con un pasado que nos resulta irrenunciable, en la medida en que todo lo temporal está inscripto en el aura destinal de la tierra. Para quien habita nuestro suelo las acciones son formas de irrupción en el paisaje, mas nunca signos de omnipotencia sobre éste. Cada paso que damos se encuentra asediado por la Tierra que parece condicionar las formas de comparecer de nuestra existencia y a cada paso la historia que vamos construyendo, los relatos que vamos creando como Pueblo, se entrelazan con las formas siempre vivas del paisaje: Hay en la naturaleza una predestinación inescrutable que destempla el sino individual del hombre, un determinismo exterior que agosta en germen las más viriles energías.[27]


Aquí no debemos perder de vista que cuando Scalabrini apela a la preeminencia del Espíritu de la Tierra por sobre las creaciones y producciones llevadas adelante por el hombre, no lo hace desde una perspectiva pesimista que piensa la irrupción del paisaje como un elemento negativo. El sustrato trágico del paisaje, lo es sólo hasta cierto punto, es un pliegue de una superficie que recubre otro sentido más profundo. Creemos que el Espíritu de la Tierra, tal como es puesto aquí, no representa un elemento inmovilizante, sino que, en realidad, se mantiene en dirección de una comprensión comunitaria de la existencia nacional. En la medida en que logra aprehender los distintos esfuerzos individuales dentro de una misma unidad metafísica el Espíritu de la Tierra acoge las fuerzas del hombre y las resignifica dentro de un conjunto estructural más amplio que es el del destino comunitario.


Llegados a este punto podemos comprender mejor de que forma en El Hombre que está Sólo y Espera, se va produciendo una apertura hacia lo popular, pero también no debemos perder de vista que la noción de espíritu de la tierra, elaborado por nuestro autor, nos posiciona en un terreno no muy alejado del concepto de mestizaje y, en este sentido, de formas de exégesis esencialmente americanas.


Precisamente, como indica Armando Poratti el concepto de mestizaje se desenvuelve y cobra todo su sentido dentro del campo interpretativo americano a lo largo del despliegue de su temporalidad: …la noción misma de mestizaje, con su carga ambigua de conjunción de diferencias, resultó la categoría cultural, resultó la categoría, cultural, histórica y filosófica fundamental de Iberoamérica. [28]


Lo mestizo aparece como la estructura misma de nuestro pensar, y se manifiesta en los términos de un existir complejo que si bien reconoce la herencia teórica occidental no puede dejar de tener en cuenta que ésta se inserta dentro de un complejo estructural originario americano que la subvierte y la reconstituye diferencialmente.


El carácter mestizo de nuestra existencia se manifiesta en el hecho que América se constituye como un espacio de síntesis originaria, es decir no dialéctica. Nuestro continente toma su origen de diferencias esenciales y no a partir de la síntesis de opuestos como ocurre en el terreno de la dialéctica.[29] América… no proviene ni deviene de un proceso, sino que surge desde ya como poder de síntesis. Es la experiencia del mestizo en su sangre, en la que circulan elementos distintos y a veces conflictivos, pero él mismo nace como uno. Esta síntesis originaria de las diferencias constituye lo mejor de América, pero no deja de tener un dejo dramático.[30]


El mestizaje se ofrece como el automovimiento esencial por el cual América se perpetúa en su origen reinscribiendo en su propia estructura los signos del tiempo y de las culturas extrañas. (x)En este sentido, podemos recordar a Rodolfo Kusch cuando en la Seducción de la Barbarie nos dice: El mestizo crea el puente entre los opuestos en que oscila el continente.[31]


Precisamente, para Scalabrini Ortiz el Hombre que está sólo y espera solo puede manifestarse en su propia esencialidad, en tanto y en cuanto logra reconocerse en comunión con los arquetipos existenciarios de nuestro pasado: ... se me ocurre una irreverencia macabra: la de andar desterrando tipos criollos ya fenecidos –el gaucho, el porteño colonial, el indio, el cocoliche- cuya privanza inalienable, aquella que no es mera caricatura o pintoresco señuelo de exotismos, pervive, y revive en la auscultación clarividente de la actualidad. En el pulso de hoy late el corazón de ayer, que es el de siempre.[32]


Podemos sostener que el Espíritu de la Tierra, emerge en toda su potencialidad como una conjunción epocal, es decir, como una unidad esencial que en su devenir amalgama las figuras de la historia. Abre un horizonte en el cual las existencias individuales pueden ser comprendidas en un sentido colectivo; un campo, una fisura en la temporalidad, en el cual pueden convivir diferentes herencias dentro de un mismo haz destinal.


Así, el pasado caudillesco se recompone popularmente con los aportes de los inmigrantes europeos configurando un mismo élan comunitario. . …”el espíritu de la tierra” es un hombre gigantesco. Por su tamaño desmesurado es tan invisible para nosotros, como lo somos nosotros para los microbios. Es un arquetipo enorme que se nutrió y creció con el aporte inmigratorio, devorando y asimilando millones de españoles, de italianos, de ingleses, de franceses sin dejar ser nunca idéntico a sí mismo… Ese hombre gigante sabe dónde va y que quiere. El destino se empequeñece ante su grandeza. Ninguno de nosotros lo sabemos, aunque formamos parte de él… Solamente la muchedumbre innúmera se le parece un poco. Cada vez más, cuantos más son [33]


En El Hombre que está Sólo y Espera se vislumbra el carácter polifacético que caracteriza a la cultura americana mostrando los trazos de una profunda unicidad que se forja a la luz de la naturaleza diferencial de sus integrantes. En el plano de la temporalidad. Indígenas, españoles, árabes, franceses, ingleses, italianos forman parte de esa amalgama que se comprende a sí misma en la unidad destinal de sus diferencias permitiendo pensar desde la Conquista Española en adelante un conjunto estructural epocal americano, signado por el mestizaje.


Graciela Maturo nos dice al respecto: Como hecho en el tiempo hemos nacido del encuentro cultural resultante de un acto de violencia, que como todo acto histórico rebasa sus motivaciones directas y sus objetivos específicos, abriendo la etapa de la conquista española, la colonización y el mestizaje. Ese encuentro de doble aspecto bélico y genesíaco pone en marcha el despliegue de una nueva cultura, marcada por valores y constantes que han venido malgamando a los pueblos de esta región del mundo, en abierta incorporación de otros aportes raciales y culturales de procedencia africana, latina, judía, árabe y asiática en la conformación de una gran sociedad multirracial cuya base sigue siendo la mestiza hispanoindígena.[34]


Como señala Maturo detrás de toda reinscripción en el campo interpretativo del mestizaje se esconde una posibilidad que es en sí misma un destino. Al sumergirnos en la estructura del mestizaje nos adentramos en un sendero que nos conduce a pensar nuestro itinerario por estas tierras de manera diferencial, a optar por América: La América Latina, hispánica, lusitana, indígena, africana, mestiza, es clave del nuevo humanismo que no podría crearse sobre la destrucción del Occidente, ni tampoco sobre el olvido del Oriente.[35]


Creemos que en El Hombre que está Sólo y Espera Scalabrini Ortiz en forma lenta pero progresiva se va adentrando más hacia un terreno de comprensión cercano al mestizaje. Ello sobre todo en la medida en que para nuestro autor lo que va a ser entendido como existencia, como un ser individual, va a pasar a ser necesaria y progresivamente un correlato de la coexistencia, es decir del vivir en comunidad. El Espíritu de la Tierra es el testimonio de que toda existencia será poco a poco un suceso que no podrá ser comprendido, sino en el marco de la coexistencia, es decir de una pertenencia colectiva originaria.


Así, nos encontramos con lo comunitario como momento de suspensión del mero transcurrir, como interrupción del tiempo vulgar que nos pone en la posibilidad de acceder a una temporeidad americana genuina, en la que pasado, presente y futuro son dislocados permanentemente en torno a una voluntad popular que los auna en su destino. El camino del Hombre de Esmeralda y Corrientes es el del encuentro complejo y polifacético con nuevas formas culturales colectivas, que tratan de mostrarse capaces de dotar de sentido a la vida en estas tierras.

[1] Galasso, Norberto: Raúl Scalabrini Ortiz y la Penetración Inglesa, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1984, p.13


[2] Galasso, Norberto: Raúl Scalabrini Ortiz y la Penetración Inglesa, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1984, p 13.


[3] Scalabrini Ortiz, Raúl: La Manga, Buenos Aires, Plus Ultra, 1973 p. 33.


[4] Scalabrini Ortiz, Raúl: La Manga, Buenos Aires, Plus Ultra, 1973 p. 49.


[5] Scalabrini Ortiz, Raúl,: Tierra sin nada, Tierra de Profetas, Buenos Aires, Reconquista, 1946, p.23, en Galasso Norberto: Vida de Scalabrini Ortiz, Buenos Aires, Colihue, 2008, p. 41


[6]Galasso, Norberto: Vida de Scalabrini Ortiz, Buenos Aires, Colihue, 2008, p. 41


[7] Scalabrini Ortiz, Raúl: El Hogar, 24/5/1929, en Galasso, Norberto: Vida de Scalabrini Ortiz, Buenos Aires, Colihue, 2008, p. 42


[8] Galasso, Norberto: Raúl Scalabrini Ortiz y la Penetración Inglesa, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1984, p 15


[9] Galasso, Norberto: Raúl Scalabrini Ortiz y la Penetración Inglesa, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1984, p 15


[10] Scalabrini Ortiz, Raúl: Qué, 15/10/57, en Galasso, Norberto: Vida de Scalabrini Ortiz, Buenos Aires, Colihue, 2008, p. 30


[11] Dostoievski, Fedor: Humillados y Ofendidos, Buenos Aires, Derramar,2007, p. 43


[12] Scalabrini Ortiz, Raúl: Qué, 15/10/57, en Galasso, Norberto: Vida de Scalabrini Ortiz, Buenos Aires, Colihue, 2008, pp. 30-31


[13] Este proceso nos resulta de extrema importancia, pues nos permite observar las formas en las que un pensador como Scalabrini Ortiz, quien que por diversas razones- sociales, económicas, culturales- estaba en condiciones de haberse acoplado, sin ningún tipo de problemas a la superestructura cultural oligárquica, decide elegir un camino diferencial de encuentro con su Pueblo.


[14] Scalabrini Ortiz, Raúl: El Hombre que está Sólo y Espera, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 29


[15] Marechal, Leopoldo: Megafón, o la Guerra, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1979, p. 8


[16] Scalabrini Ortiz, Raúl: El Hombre que está Sólo y Espera, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 28.


[17] Scalabrini Ortiz, Raúl: El Hombre que está Sólo y Espera, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 32.


[18] Scalabrini Ortiz, Raúl: El Hombre que está Sólo y Espera, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 34


[19] Scalabrini Ortiz, Raúl: El Hombre que está Sólo y Espera, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 21


[20] Heidegger, Martin: Ser y Tiempo, Madrid (trad. de Eduardo Rivera), Editora Nacional Madrid, 2002, p.219


[21] Heidegger, Martin: Ser y Tiempo, Madrid (trad. de Eduardo Rivera), Editora Nacional de Madrid, 2002, p. 221


[22] Heidegger, Martin: Ser y Tiempo, Madrid(trad. de Eduardo Rivera), Editora Nacional de Madrid, 2002, p. 23


[23] Scalabrini Ortiz, Raúl: El Hombre que está Sólo y Espera, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 35


[24] Scalabrini Ortiz, Raúl: Tierra sin Nada Tierra de Profetas, en Galasso, Norberto: Raúl Scalabrini Ortiz y la Penetración Inglesa, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1984, p 100.